Por El Padre Pegueros ppeguerosq@hotmail.com
P. Pegueros: ¿Cómo podemos los bautizados trabajar hoy por la paz?... ¿Por qué la Iglesia nos hace tantos llamados a la paz?... ¿No le parece que Juan XXIII es el San Francisco de nuestros días por promover la paz?... ¿Cómo ha de ser la paz de una familia cristiana?... El Señor lo bendiga y le dé su paz.
Luis Cuevas Salas (Morelia)
“Entre todos los bienes de la vida y de la historia, de las almas, de las familias y de los pueblos, la paz es el más importante y el más precioso”, escribía el Beato Juan XXIII unos meses antes de publicar su encíclica Pacem in terris (“La paz en la tierra”), que tan buena acogida recibió en los más diversos ambientes del mundo. Juan XXIII y San Francisco de Asís, como constructores de la paz, nos presentan el perfil de un cristiano que ha leído y meditado las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Y ésta es la tarea de todo discípulo de Cristo, dedicar nuestra vida a ser constructores de la paz. Algunas versiones de los Evangelios nos hablan de los pacíficos. Aunque es una traducción tradicional, se presta a ser mal interpretada; podría sugerir la idea de una actitud pasiva o indiferente, propia de esas personas tranquilas que no molestan a nadie ni quieren ser molestadas. Jesús no promueve esa actitud negativa, nos llama a todos a trabajar por la paz. La Iglesia entera recibe y responde a este llamado. Los Papas y los Obispos no cesan de llamarnos a trabajar por la paz. El Papa Paulo VI estableció que cada día primero del año celebraremos la Jornada Mundial por la Paz. Este mismo Papa estableció el Consejo Pontificio Justicia y Paz (1967). Lo hace la Iglesia porque es parte importante de su misión, y por hacer suyo el anhelo de toda la humanidad de vivir en paz. El cristiano que aprende de Jesús a llamar Padre a Dios ya en este mundo usa este saludo con sus hermanos, al mejor estilo franciscano, sabiendo que no se trata de un simple deseo vacío, sino que es la proclamación y el ofrecimiento de este regalo del Resucitado. Hoy, la humanidad asustada, a veces aterrada, ha abierto los ojos ante ese absurdo que es la guerra. Sabe por experiencia que todo conflicto armado empuja a las partes a crímenes de todo género: luego lo llaman genocidio. Poco a poco la humanidad va descubriendo que todos formamos una gran familia hambrienta de vivir en paz y en verdadera justicia. Para la Biblia, la paz es mucho más que ausencia de guerra. Paz es comunión con Dios; por tanto, es bendición, salvación, defensa de la vida. Es comunión con los demás, por ende, es justicia y buenas relaciones, prosperidad y bienestar. Paz es el conjunto de bienes que provienen del Reino de Dios que Cristo ha instaurado ya con su venida. La llamada de Cristo para ser constructores de paz hoy se vuelve urgencia para todo bautizado, ante la gravedad de tanta violencia, Hemos de creer en la paz como fruto de la justicia y del amor, porque hemos creído en Dios cuyos planes para todo hombre son de misericordia, de perdón, de salvación. La vida de una familia cristiana, en su caminar hacia la santidad, tiene que descubrir el sentido fundamental de las Bienaventuranzas. Así se deben sentir llamados todos a trabajar por la paz familiar. Una paz entendida no tanto como ausencia de contrastes que son inevitables, sino como conciliación de las diversidades personales en la comunión que Dios quiere que vivan. Es también misericordia y es perdón. Recemos con San Francisco: Señor, hazme un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, siembre yo tu amor... |