La devoción más sublime

La expresión culto eucarístico puede entenderse en dos sentidos: culto al Padre por medio de la Celebración Eucarística, supremo acto del culto cristiano; y culto al Santísimo Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, reconocimiento y adoración de la presencia eucarística del Señor, presencia definida como verdadera, real y substancial por el Concilio de Trento (cf. DS 1651ss.). Ahora bien, este segundo sentido de la expresión culto eucarístico se desglosa también en dos momentos: durante la celebración de la Misa y fuera de ella. El culto eucarístico durante la celebración está inmerso en la misma dinámica de la acción ritual y tiene expresión concreta, prevista por el Ordinario de la Misa, en determinados gestos del celebrante (genuflexiones, ostensión al pueblo de los dones eucarísticos, etc.). Del culto que se va a tratar aquí es del culto a la presencia de Cristo en la Eucaristía fuera de la Misa. Obviamente, la indicación «fuera de la Misa» es la usada por el Ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa (ed. típica latina, 1973; trad. española, 1974), y no quiere decir ruptura ni distanciamiento respecto de la acción litúrgica que está en el origen de este culto, la celebración de la Misa. Precisamente para subrayar la continuidad entre la Misa y el culto eucarístico fuera de ella, los últimos documentos litúrgicos referentes a este culto han utilizado la expresión Misterio eucarístico y culto del Misterio. Las manifestaciones del culto eucarístico fuera de la Misa, como la exposición del Santísimo Sacramento, las procesiones, la bendición eucarística, los congresos eucarísticos y otras formas de piedad pública y privada, constituyen una práctica propia de la Iglesia de Occidente, más exactamente de la Iglesia Católica. Algunas de estas manifestaciones se remontan al siglo XlI, aunque no falta quien encuentre antecedentes en los siglos anteriores. El culto eucarístico no dejó de desarrollarse hasta bien entrado nuestro siglo, pudiendo incluso considerarse la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II como el factor más sintético y aglutinante de la historia de este culto. Sin duda, el Ritual de1973 representa la más autorizada y completa codificación de las manifestaciones de rango litúrgico de la piedad eucarística.
La devoción eucarística después del Concilio Vaticano II La piedad eucarística es una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II también se ha ocupado de la piedad eucarística, concretamente, el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Entonces se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción. Por otra parte, en el Ritual de la Dedicación de Iglesias y de Altares, de 1977, después de la Comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la Capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica postconciliar. Y los recientes documentos magisteriales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto. Por eso, si la doctrina y la disciplina de la Iglesia ha querido en nuestro tiempo podar el árbol de la piedad eucarística, lo ha hecho ciertamente a fin de que crezca más fuerte y dé aún mejores y más abundantes frutos. Y por eso, aquellos que, en vez de podar el árbol de la devoción al Sacramento, lo cortan de raíz, se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual. Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no solamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales –las Cuarenta Horas–, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central». Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración».
La piedad eucarística en el pueblo católico Los últimos ocho siglos de la historia de la Iglesia suponen en los fieles católicos un crecimiento notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía. El deseo de contemplar la sagrada Hostia alcanzó una rápida y amplísima difusión no sólo entre los místicos, sino también en el mismo pueblo. Cuando los moribundos no podían recibir la Comunión, se les llevaba el Sacramento para que pudiesen contemplado por última vez. Esta práctica estuvo en vigor hasta que fue prohibida por el Ritual Romano de 1614. En relación con este mismo deseo, el rito de la elevación de la Hostia y del Cáliz empieza a cobrar un enorme relieve, solemnizándose el momento con luces e incienso, sonido de campanas y del órgano, interpretación de motetes y rezo de plegarias, etc. A partir del siglo XI, la reserva eucarística empieza a hacerse sobre el altar principal, en las «columbas» eucarísticas suspendidas sobre él o en nichos e incluso en pequeñas torres. Nace así el tabernáculo que recibe este nombre por el velo que lo cubre a modo de tienda circular que recuerda el lugar donde reposaba el Arca de la Alianza. Contemporáneamente a este modo de destacar la presencia eucarística, se produce el encendido de una lámpara perpetua ante el tabernáculo o sagrario, de modo similar a como se hacía delante de las reliquias de los mártires en la antigüedad. La primera noticia sobre la lámpara eucarística procede de Cluny, de las ordenanzas del Abad Bernardo, que disponía el encendido de una lámpara continua después de la Misa del Jueves Santo. La primera prescripción de esta lámpara para toda la Iglesia se encuentra en el Ritual Romano de 1614. La institución de la fiesta del Corpus Christi en Lieja en 1246, extendida por Urbano IV a toda la Iglesia en 1264, contribuyó a popularizar y extender la devoción eucarística. La fiesta se convirtió pronto en una de las principales solemnidades del año, tomando parte en la procesión del Santísimo Sacramento todos los estamentos sociales. Las procesiones del Santísimo debían clausurarse obligatoriamente con la bendición eucarística. De la procesión del Corpus y de la bendición final con el Santísimo Sacramento parece que derivó también la costumbre de la exposición prolongada de éste sobre el altar. Los testimonios de esta manifestación cultural se remontan al siglo XIV. Para realizar esta exposición se adaptaron relicarios con forma de ostensorios y, sobre todo, en la época del Barroco, se construyeron grandes retablos y espléndidas custodias. Una exposición eucarística que alcanzó gran importancia fue la llamada de las Cuarenta Horas, que surge a mediados del siglo XVI, probablemente como repetición de la adoración eucarística del Jueves al Viernes Santo, y que tenía lugar varias veces al año en templos especialmente dedicados. La piedad eucarística fuera de la Misa, alimentada por asociaciones de adoración perpetua o nocturna, adquiere durante el siglo XIX una orientación manifiesta de reparación hacia el Señor presente en el Sacramento. Una manifestación relevante es la que se da también en los congresos eucarísticos que son signo de fe y de caridad, manifestación especialmente particular del culto eucarístico, los congresos eucarísticos «se han mirado como una statio, a la cual alguna comunidad invita a toda la Iglesia, o una Iglesia local invita a otras Iglesias de la región o de la nación, o aun de todo el mundo para profundizar juntamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular y venerarlo públicamente con el vínculo de la caridad y de la unidad.
Las principales controversias Eucarísticas Durante el s. XI Berengario de Tours negó abiertamente la transformación de los elementos, lo que más tarde será llamada con precisión por el Magisterio solemne de la Iglesia «transubstanciación», aunque no está del todo claro si negó la presencia real. Los s. xiv y xv conocen las herejías de Wyclyffe quien combate la doctrina de la transubstanciación y Huss. La herejía hussita convirtió la cuestión del cáliz de los laicos -principio puramente disciplinar- en una bandera de disputas dogmáticas; hasta el s. XIII había perdurado la práctica de la comunión bajo las dos especies, pero se había ido introduciendo también la costumbre de comulgar solamente bajo la especie de pan; la actitud hussita, al provocar decisiones justificando la comunión bajo una sola especie, contribuyó, sin duda, a que en la Iglesia Católica se abandonase cada vez más la práctica de la comunión en el cáliz por los laicos. La postura de los reformadores: Lutero centró su posición sobre la Eucaristía desde un punto de vista dogmático, en estas dos proposiciones: en la Eucaristía junto a la sustancia del Cuerpo de Cristo, sigue permaneciendo la sustancia del pan (impanacionismo); la Eucaristía no es de ninguna manera sacrificio. Señala que Cristo sólo está presente en el momento de la recepción. Calvino: la presencia del Señor en la Eucaristía es real, pero meramente espiritual; al comer el pan se recibe espiritualmente a Cristo; por lo demás la Eucaristía es únicamente un «sacrificio espiritual» o de alabanza. La posición de Zwinglio no difiere sustancialmente: la Eucaristía es sólo un signo de pertenencia a la Iglesia
“La disputa del Sacramento”, de Rafael. El fresco pretende representar en pintura lo que se podría llamar la Verdad teológica, frente a la Verdad filosófica que personifica el fresco de la Escuela de Atenas que queda enfrente. En la tradición cristiana esta Verdad teológica se personifica en la Eucaristía, que Jesucristo lega a sus discípulos poco tiempo antes de su pasión. Por lo tanto, todo el servicio de la Iglesia de Cristo sobre tierra gira en torno a este acto supremo. En la parte inferior aparece la Iglesia como institución que custodia la Eucaristía y milita en defensa de la fe. Hay un altar sobre el que está la custodia en la que se expone la Eucaristía. A ambos lados, aparecen teólogos y doctores de la Iglesia debatiendo la transubstanciación, esto es, la presencia del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.
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